domingo, 6 de noviembre de 2016

Juan el bautista

Estábamos todos en lo nuestro y sin embargo no sabíamos que tu vida se nos escapaba de entre los dedos.
Era tu vida la que se nos iba y no nos dábamos cuenta que también estábamos tan inexorablemente atados que con la tuya también se nos iba parte de la nuestra.
Recuerdo el mensaje de J. y luego su llamado. Luego llamé a JP. para confirmar y el corazón se me desgarró por completo.
La noche anterior había dejado inconclusa una conversación. Te iba a preguntar si habías estudiado. Últimamente era lo único que me preocupaba de mí y de todos. No envié el mensaje finalmente.
Recuerdo haber caminado con la mente en blanco hacia Maipú y desear que todo hubiese sido un malentendido y una broma.
Llegué y me encontré a dos murallas completamente destruidas. Dos murallas que eran indestructibles.
Ahí comprendí que tu relámpago ya había pasado por la tierra y ya era tiempo de aceptar vivir con un pedazo menos de alma.
No te lloré ese día. Ni tampoco el siguiente.
Te lloré en cambio el año entero luego de verte descender a tierra a sonido de mariachi y con aroma a licor frutal en el cemento ardiente de Santiago.
Te lloro aún a veces sin lágrimas, a veces caminando, a veces recordando.

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